Entre ecos naturales y viento musical, cientos de asistentes vivieron una experiencia sensorial en el tradicional concierto del equinoccio, donde la naturaleza y la música se fundieron en un mismo escenario
Andrés Téllez
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El lugar, esculpido durante siglos por el paso del agua, se convirtió nuevamente en un anfiteatro natural donde cada sonido encuentra eco.
Desde los primeros acordes, los instrumentos de viento se mezclaron con el entorno, logrando que la música no solo se escuchara, sino que se sintiera en el aire.
La acústica natural de la cañada permitió que cada nota viajara con claridad, envolviendo a los asistentes en una atmósfera íntima y colectiva al mismo tiempo.
Cada interpretación fue recibida con atención y respeto, en una conexión evidente entre el público y las intérpretes. No hubo prisas ni distracciones: solo el fluir de la música acompañando el atardecer.
