Andrés Téllez
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En estos espacios se colocaron elementos como telas en tonos morados y blancos, flores, veladoras, naranjas y trigo germinado, en referencia a símbolos vinculados con la tradición.
En puntos como la calle Insurgentes, el entorno del Museo Allende y viviendas particulares, los altares permanecieron abiertos al público.
Las personas ingresaron de forma continua para observar cada montaje, mientras los anfitriones explicaban el significado de los elementos colocados.
La familia Ramírez, que instaló un altar en la zona centro, explicó que esta práctica se ha mantenido por generaciones dentro de su hogar. Señalaron que la preparación inicia días antes, con la recolección de materiales y la organización del espacio.
El flujo de visitantes incluyó tanto a habitantes del municipio como a personas provenientes de otras ciudades. El recorrido se desarrolló principalmente durante la tarde y noche, con mayor concentración en calles del primer cuadro de la ciudad.
En San Miguel de Allende, esta tradición también estuvo vinculada a antiguos gremios, como sastres, pintores y cartoneros, quienes participaban de forma organizada en esta conmemoración.
Sin embargo, la práctica comunitaria del viernes previo a la Semana Santa continuó en distintas localidades.
En la ciudad, el Viernes de Dolores se mantiene como una expresión que combina prácticas religiosas con participación social.
La instalación de altares se realiza en templos, casas, comercios, escuelas, patios y plazas, con la integración de elementos como tapetes de aserrín y pétalos, así como recipientes con aguas de colores.
El recorrido nocturno forma parte de la experiencia, en la que las calles se llenan de personas que transitan entre distintos puntos.
La continuidad de esta práctica depende de la participación directa de la comunidad, que cada año instala altares y recibe a visitantes en distintos puntos de la ciudad.
