“El Método Grönholm” se convierte en guerra de poder


León, Guanajuato.- Lo que comenzó como una entrevista de trabajo terminó convertido en una guerra psicológica. 

“El Método Grönholm” llegó el pasado martes al Teatro del IMSS de León con dos funciones, reuniendo a cerca de 700 personas que se dejaron envolver por una historia donde conseguir un puesto ejecutivo puede costarlo todo.

Una entrevista que pronto se convirtió en trampa

La obra, escrita por el dramaturgo español Jordi Galceran, plantea una situación tan absurda como cercana: cuatro candidatos llegan a una empresa para competir por un puesto de alto nivel, pero pronto descubren que la entrevista no será una conversación convencional.

En lugar de responder preguntas frente a un reclutador, deben enfrentarse entre ellos a una serie de pruebas y órdenes que pondrán a prueba su liderazgo, inteligencia emocional, capacidad de reacción y, sobre todo, su disposición para hacer lo necesario con tal de quedarse con el puesto.

Más de 700 personas en ambas funciones, fueron parte del Método Grönholm. Foto: Adrián Claudio,

Así, lo que parecía una oportunidad laboral se convierte poco a poco en un juego de estrategias, secretos y traiciones.

El público también entra en la dinámica. Desde sus butacas, los espectadores intentan descubrir quién dice la verdad, quién está mintiendo y, sobre todo, cuál de los cuatro aspirantes podría ser el supuesto “impostor” enviado por la empresa.

Risas que esconden una realidad incómoda

La puesta en escena juega constantemente con los cambios de tono. Las situaciones provocan carcajadas, pero detrás de cada broma aparece una crítica a los ambientes laborales donde la competencia puede sacar a relucir los peores comportamientos de las personas.

Erik Hayser, Ana Serradilla, Alex de la Madrid y Tato Alexander, fueron los  personajes que comienzaron midiendo sus palabras, tratando de mostrarse amables y profesionales, pero las pruebas van desarmando poco a poco esas apariencias.

La condescendencia, la soberbia, los prejuicios, la discriminación y la necesidad de demostrar superioridad comienzan a ocupar el lugar de los buenos modales.

Y ahí está buena parte de la fuerza de “El Método Grönholm”: el espectador puede reírse de lo que ocurre en escena, pero también reconocer actitudes que existen fuera del teatro.

La obra expone cómo una persona puede estar dispuesta a traicionar, mentir, exhibir las debilidades de los demás o incluso renunciar a sus propios principios cuando hay poder y dinero de por medio.

Erik Hayser. Foto: Adrián Claudio.

Cuatro aspirantes, cuatro máscaras

Tato Alexander construyó a un personaje que inicialmente parece el más amable y bonachón del grupo. Su aparente ingenuidad funciona como una de las primeras capas de una historia en la que nada es exactamente lo que parece.

Alex de la Madrid, por otro lado, interpreta a un aspirante agresivo, directo y soberbio, de esos personajes que dicen lo que piensan sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Su seguridad provoca risas, pero también deja al descubierto una personalidad mucho más compleja conforme avanzan las pruebas.

Alex de la Madrid. Foto: Adrián Claudio.

Ana Serradilla da vida a la única mujer del grupo. Su personaje comienza desde una posición conciliadora y comprensiva, pero las circunstancias modifican rápidamente su comportamiento. Conforme avanza la competencia, también lo hacen sus dudas y sus estrategias, hasta revelar una faceta distinta a la que había mostrado al inicio.

Ana Serradilla. Foto: Adrián Claudio.

Erick Hayser interpreta al candidato que parece más vulnerable y humano. Su personaje despierta empatía desde el comienzo, pero pronto queda atrapado en una situación que lo obliga a enfrentarse a una de las pruebas más delicadas de toda la selección.

Entre los cuatro se construye una red de alianzas y enfrentamientos que mantiene al público tratando de anticipar el siguiente movimiento.

Una crítica que sigue vigente

Aunque “El Método Grönholm” fue estrenada hace más de dos décadas, su planteamiento conserva una inquietante vigencia.

La obra cuestiona los procesos de selección laboral en los que las personas terminan reducidas a números, perfiles y capacidades que deben demostrarse bajo presión.

El público también jugó

Uno de los aciertos de la puesta en escena es que el espectador termina formando parte del juego.

Mientras los personajes reciben instrucciones y tratan de descifrar las verdaderas intenciones de sus compañeros, desde las butacas también se construyen teorías.

Cada gesto puede ser una pista. Cada respuesta puede esconder una mentira. Cada reacción puede cambiar la percepción que se tiene de un personaje.

Por momentos, la obra funciona casi como un entrenamiento mental en el que el público intenta adelantarse a los actores.

Y cuando las máscaras comienzan a caer, las risas dejan paso a situaciones más tensas, incómodas y hasta crueles.

Rodrigo Nava lleva el juego hasta el límite

Bajo la dirección de Rodrigo Nava, la adaptación mantiene el espíritu de la obra de Galceran y permite que el elenco transite de la comedia al drama conforme las pruebas se vuelven más intensas.

El público de León, esa noche, se mostró complacido. 

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