Payasadas


Recién culminaron las festividades de Halloween -el Día de Muertos es otro tema-, las cuales su servidor disfruta por la parafernalia en casas, comercios y hasta en la oferta de comida y bebidas alusivas. Son buenos momentos para ver la originalidad en los disfraces y por supuesto, los maratones de películas de terror donde no faltan las versiones de It, del antagonista Pennywise, o la saga Terrifier, con Art the Clown. En las dos historias vemos a payasos cuya virtud no es propiamente sacar sonrisas, sino acalambrar del susto al respetable.

No obstante, sin proponérselo, provocan similares espasmos entre la gente. Su objetivo es divertir, aunque no en pocas ocasiones sucede lo contrario debido a la coulrofobia, es decir, el miedo a todo lo que huela a payaso. Ejemplos sobran: una entrañable amiga le rehúye a Cepillín, sin embargo, comparto un tanto su aversión cuando escucho Las mañanitas o esa oda al desconsuelo llamada Papi di por qué, interpretadas por el Payasito de la Tele.

El temor igual sucede con muchos pequeñines, a quienes, supongo, les aterra ver rostros pintados y expresivos, pelucas, vestuario extravagante y voces extrañas. Es probable sean esas y más causas por las que han disminuido los payasos animando pasajeros en el trasporte público o que en las fiestas infantiles veamos a Batman o Bluey en lugar de Cascarón y Cascarín. Es decir, a los coloridos payasos se los está cargando ídem y ni cuenta nos damos.

En lo general las payasadas no me desagradan; de hecho, las ocurrencias que mejor recuerdo son los suyas. Hace años iba en un microbús lleno, con el chofer manejando como solo ellos saben, y de pilón, un payaso amenizando, cuando una señora gritó desesperadamente: “¡bajan!”. Su petición fue cumplida, nomás que dos paradas adelante, y se escuchó el reclamo: “¡viejo sordo!” El intrépido piloto no contestó, pero sí el cómico: “¡señora, pues si estoy un poco gordo, pero mañana me pondré a dieta”! y las consiguientes carcajadas.

Sus chistes son variados y hasta con humor negro, según lo constaté cuando un payaso hacía su show en una plaza pública e imitó perfecto a José José y Vicente Fernández. Después preguntó a la audiencia “¿quieren que imite a Valentín Elizalde?”, y el público contestó al unísono “¡sí!”. Acto seguido, el clown puso su rostro sereno, cerró los ojos y cruzó los brazos sobre su pecho simulando que estaba en un ataúd. A mi lado estaba una señora que por un momento paró la venta sus dulces para literal, llorar de la risa; una imagen agradable en mi memoria por los chistes venidos de un personaje transformado con el objetivo de divertir, avalado por un linaje de siglos.

En cualquier cultura antigua existieron cómicos para entretener, principalmente a los cortesanos; un oficio de mayor relevancia en la Edad Media con los bufones, los antecedentes directos en el arte de pintarse la cara, hacer malabarismo y vestir llamativamente, quizá en alusión a los carnavales primaverales. Más tarde, adquirieron mayor relevancia y se diversificaron en los circos.

Sabemos de los circos como el arquetipo del entretenimiento en los territorios de la antigua Roma, donde no solo había lucha de gladiadores y peleas de box, sino también carreras y espectáculos ecuestres. Con la caída del imperio en el año 476, cayeron en desuso y fueron retomados en Londres hasta finales del siglo XVIII, pero solo a fin de demostraciones equinas. En los intermedios fueron contratados payasos y de ahí su consagración.

Las carpas ambulantes se propagaron por Europa y años después, exportadas a América en las que no podían faltar individuos de rostro pintado cuya vestimenta se fue modificando para simular la de vagabundo con zapatos grandes y nariz roja, probablemente por el tono adquirido en estado de embriaguez. A mediados del siglo XX los payasos adquirieron tal protagonismo que salieron de los circos para consolidarse en solitario.

En Estados Unidos surgió Bozo, primero grabando elepés de cuentos y después con su programa televisivo. Fue tal el éxito que se vendieron licencias de la celebridad y había Bozos por toda la nación americana, además de nuestro país, personificado a partir de 1961 por José Manuel Vargas. Es la época que aparece Ronald McDonald, símbolo de las hamburguesas de la M amarilla.

Los payasos estaban en su momento de gloria, un fenómeno reflejado en los circos, televisión, cine, fiestas infantiles y hasta en los hogares con figuras de cerámica en los libreros y cuadros decorativos en las paredes. Por estos lares tuvimos al primigenio Don Chole, después vendrían los mencionados Cepillín, Bozo, Lagrimita; los de humor para adultos, encabezados por Platanito; en la lucha libre con la triada Psycho Clown, y en el rock infantil, con ¡Que Payasos!

Ver también

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Las tendencias culturales se modifican, y eso incluye al entretenimiento. El emblemático Ronald McDonald desapareció por ser asociarlo con la comida rápida y la consiguiente obesidad. Muchos circos desaparecieron y las fuentes de trabajo escasearon. Es paradójico que los emblemáticos Bozo y Cepillín que tantas sonrisas brindaron, hayan terminado sus vidas tristes y en bancarrota.   

En la actualidad se resisten a desaparecer, y son liderados por la agrupación Payasos Musical; en la televisión, con Los Destrampados y Los Pillines, o ese proyecto llamado Los Wapayasos. Por supuesto, está Brozo, antes alburero y espontáneo, ahora crítico repetitivo. No podemos omitir la labor altruista de los Saniclown o payasos de hospitales, aplicando la risoterapia en todo el orbe.

Será difícil los payasos vuelvan a ocupar ese lugar tan privilegiado de antaño, -una suerte similar a los ventrílocuos- por los cambios generacionales de diversión. En lo personal, prometo no volverme a incomodar al escuchar al Payasito de la Tele, y ojalá, vuelva a encontrarlos en plazas o en el democrático transporte público para seguir riendo de sus payasadas, como esta que también escuché: “siempre se me complica tener novia, porque ellas quieren relaciones serias”.  

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Daniel Hernández Hernández

Nacido en el entonces Distrito Federal, de tránsito en Celaya, adoptado y radicado en la ciudad de Guanajuato.Licenciado en Historia por la Universidad de Guanajuato y actualmente laborando en la Casa de la Cultura Jurídica de la misma capital.El gusto por la lectura y la redacción, obtuvieron recompensa con la publicación de artículos en ediciones del Archivo del Estado de Guanajuato y el Congreso del Estado.Algunas de sus devociones son el cine, lo heterogéneo de  la música y las historias de la historia.



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